El día a día
18
Diciembre
2011
¿Qué, pensábais que no iba a seguir contando el viaje, aunque hayan pasado muchos meses desde mi última actualización? Es mi blog y me lo (piiiiii) cuando quiero, y estoy tan ocupada últimamente que pocas ganas de seguir tecleando me quedan.
Hagamos un poco de memoria… me había quedado en los dinosaurios y tal… Sí, ya recuerdo. Nos toca repasar el martes, día precioso (aunque frío) y me decidí por el museo por excelencia de New York, el Metropolitan Museum of Art, el Met para los amigos. Y después, a subir a lo alto del Empire State Building.

Este impresionante museo es aún más grande que el British Museum de Londres, así que había que ir a primera hora y mentalizarse para el palizón que iba a resultar. Un desayuno fuerte, al metro y de transbordo a transbordo y tiro por que me toca, allí que me planté. Decir que es alucinante se queda corto, tienen de todo y aunque la parte de arte egipcio y oriental es más escasa que la del British, la parte de arte de Oceanía es abundante y la colección de cuadros barrocos de pintores europeos una delicia.
Poco os voy a contar, mejor os deleitais con algunas fotos, aunque no hacen justicia (sobre todo porque entre la luz natural y artificial de algunas salas, los claroscuros, sombras, etc… fue un infierno ajustar la luz). Visita muy corta (sólo 7 horitas de nada) que se resumen básicamente en estas fotos: (aguantad hasta el final del post que luego llega la sorpresa del Empire State…)
No podían faltar los jode-foto profesionales:
Pero prosigamos con más esculturas y unos pianos magníficos:
Y algo de África, Asia y Oceanía:
A la salida del museo, me esperaba una limusina… oh wait… que eso es de una película, no es el MundoReal™, nada, nada, que desvarío.

A pata-metro rumbo al Empire State Building, que no necesita presentación. Pensé que llegaría a ver el atardecer pero entre la cola que había, pasar el control de seguridad, etc. ya era noche cerrada cuando llegué ahí arriba. Piso 86 ni más ni menos, mediante un ascensor que era visto y no visto (menos de 1 minuto!!!). Muchísimo frío pero las mejores vistas que he contemplado, ps recomiendo que las veais a tamaño original porque merecen la pena, fucking awsome!
Podéis ver más fotos de este día en mi galería en Flickr: Vistas desde el Empire State Building y Galería de fotos del Metropolitan Museum of Art.
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El día a día
5
Junio
2011
Lunes de perros en Manhattan. Cielo totalmente encapotado, lloviendo a mares y, por el incesante ruido de claxons, se intuía un tráfico infernal. El día perfecto para visitar el único museo de la ciudad que estaba abierto ese día: El Museo Americano de Historia Natural. Sí, el archifamoso museo que recordaréis por ser protagonista en infinidad de películas (por ejemplo, Noche en el Museo de Ben Stiller).

El museo está dividido en dos secciones. La primera, que es el propio museo de Historia Natural y la segunda, el Rose Center para la Tierra y el Espacio. Además, cuenta con un planetario, vamos, imposible aburrirse.

Y cómo no, por el planetario empecé. Durante casi 30 minutos, la dicharachera voz de Whoopi Goldberg te va relatando la fascinante historia del Universo, los agujeros negros, las Enanas tutti frutti, la Vía Láctea… De verdad, merece la pena pagar la entrada extra.
Después, tiempo para recorrer el Rose Center. Alrededor del planetario te encuentras unas rampas rodeándolo, donde puedes aprender todos los datos que quieras sobre nuestra galaxia, con maquetas a escala de los planetas…

Lo recorrí muy rápido, con la idea de volver al final de la visita para disfrutar un poquito más (lo que no sabía era que luego no me daría tiempo a recorrerlo con calma…).
Ya en la sección del museo en sí, en la entrada principal, se erige un espectacular esqueleto de Barosaurus plantándole cara a un Allosaurus. Acojona, y mucho.
Así que tenía que ver el resto de Dinosaurios.
Luego, más animalitos, la sala de los elefantes y la impresionante sala marina… En estas dos salas aproveché que podía apoyar la cámara para sacar unas tomas con exposición de 10-15 segundos. De este modo, os podéis hacer una idea de cómo eran las salas, ya que están prácticamente a oscuras.
Ahora llegaba el turno para visitar las salas multi-culturales. Aquí comprobé que mi adorado Tim Burton no es tan original como todos pensamos. Algunas de las piezas de Sudamérica que se exhiben en el museo, que datan de hace más de 16 siglos, guardan un sospechoso parecido con seres del universo burtoniano:
Mención especial para las figuritas orientales, había tantas pequeñas figuritas, tan detalladas todas, una preciosidad:
Las salas con las diferentes vestimentas y demás atrezzo de tribus y étnias de todas partes del mundo son muy interesantes. Te puedes encontrar a un Cosaco auténtico, la daga de Eddie Murphy en El Chico de Oro (¿no os acordáis?), y hasta unas tablillas con el famoso mantra tibetano: om ma-ni padme hum (la versión guay del “soy una nube, soy una nube”):
Y para finalizar el recorrido, qué mejor que la sala de minerales y meteoritos. Si no os gustan estas cosas, vaya, qué lastima, no sabéis lo que os perdéis. Por ejemplo, una preciosa Ammonita multicolor de tan sólo 75 millones de años, un hall llena de meteoritos, algunos de los cuales puedes tocar, todos los minerales que puedas imaginar, piedras preciosas de tropecientos kilates… Y la Estibina (o como os guste más, antimonita o estibinita) más grande jamás exhibida.
Con lo bien que estaba en esta sala y de repente, por megafonía, indican que el museo va a cerrar en menos de 30 minutos. ¿Qué? Imposible, si todavía tengo que volver al Rose Center para verlo en condiciones… Pues va a ser que no. estaba en la otra punta del museo, tuve que des-andar todo el camino y llegué justo para dar otra vuelta rápida y poco más, puesto que el personal ya te miraba mal.
Eran las 17.30, seguía lloviendo y de pronto me percaté de que no había comido nada desde el desayuno. Era tiempo de probar los famosos Hot Dogs que tanto se ven en las películas. Dicho y hecho, justo a la salida había un puesto ambulante y a pesar de lo hambrienta que estaba, probablemente sea el peor perrito caliente que he comido en mi vida. Hasta las de campofrío de toda la vida saben menos malas que eso.

Me dirigí a Times Square, ya que esa noche tenía entrada para el musical de El Fantasma de la Ópera y en algún momento del camino me crucé con el edificio del New York Times, el periódico por excelencia de la City.

Quedaba algo más de una hora para que el teatro abiera las puertas y como seguía con hambre, entré a un local cercano, donde comí unos nuggets caseros con una salsa de mostaza y miel riquísima. La ración, en la línea de New York, un kilo de nuggets y otro de patatas, vamos, que no me lo pude acabar todo:

Y ya por fin, entré en el teatro Majestic (qué casualidad que en Londres también se llama así el teatro del Fantasma) y saqué como pude una foto antes de que empezara. A pesar de estar más cerca del escenario de como estuve en Londres, la actuación y las voces no me convencieron nada, les faltaba algo, no sé, chispa, alma… Fue bastante mediocre, ni comparación con El fantasma de la Ópera en Londres que ya os conté anteriormente.

El barullo de Broadway era ahora peor que antes, todo el mundo saliendo a la vez de los teatros, las luces incesantes de Times Square… hora de irse para el hostal y descansar de la paliza de día, que el día siguiente iba a ser aún más palizón.
Como siempre, Podéis ver el resto de fotos de este día en mi galería en Flickr: Galería de fotos del Museo Americano de Historia Natural
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El día a día
1
Mayo
2011
Domingo también soleado aunque yo no me encontraba para muchos trotes. La idea de meterme en un museo que estaría abarrotado hasta los topes y también lleno de niños me echaba para atrás, así que decidí tomarme el día con calma e ir más allá de Union Square.
La primera parada fue Washington Square. Si os habéis leído la novela de Henry James con el mismo nombre, podéis adivinar por qué.
Bajando Broadway, atravesando el Soho y hasta el norte de Tribeca. Esta zona es preciosa, llena de tiendas con escaparates aún más preciosos. Sin embargo, cuando te diriges hacia Little Italy y Chinatown el panorama empieza a cambiar.
Me pareció muy viejo, mal cuidado y qué decir de los olores… si ya estaba un poco harta de tanto olor a comida en cada esquina, en estas zonas me harté por completo. Pasé muy de puntillas porque tampoco veía nada que me gustase ni había ganas de sacar la cámara.
Después, rumbo al New Museum, un museo de arte modero que me gustó mucho. Las esculturas de Lynda Benglis primero y los cuadros de George Condo me sorprendieron bastante. Lástima que no dejaban sacar fotos. Y como colofón, las vistas desde terraza de la última planta. Eran las primeras que podía disfrutar desde Manhattan y aunque sólo era un piso 5 ó 6, se podían apreciar muchos matices que desde el Empire State o el Rockefeller Center no podría.
Ahora tenía una misión que cumplir: encontrar el CBGB, mítico club por donde pasaron los Ramones, Misfits… El local original cerró en 2006, después abrieron una tienda en homenaje. Sin embargo, ahora ya no queda ni eso, al llegar al 315 de Bowery Street no quedaba ni rastro. Mission failure.

Cogí el metro hasta el Radio City Music Hall y ya que me pillaba cerca, fui caminando por la 5ª avenida hasta la esquina sureste de Central Park. Nuevos rascacielos, tiendas de prohibido mirar el escaparate y justo para hora de la merienda: Tiffany! La melodía de Moon River sonaba en mi cabeza, pero los escaparates me parecieron un poco decepcionables. Tanto hype y luego no es tan impresionable.



Quedaba otra misión: visitar la tienda de Apple, justo en esa esquina de Central Park, frente al magestuoso hotel Plaza. En este caso fue un abort mission. Estaba petada, había que bajar por una escalera de caracol aún más petada. Ufff, demasiado agobio y la verdad es que temía por la integridad de mi HTC entre tanto Apple-fanático.
El atardecer estaba llegando pero calculé que me daría tiempo a bordear toda la zona sur de Central Park y llegar a Columbus Circle antes de que se hiciera de noche. Calculé bien. Vuelta al hostal muerta, que a lo tonto había vuelto a patear mucho y a esperar la ceremonia de los Oscar, la primera que vería sin tener que trasnochar.
Como siempre, os recuerdo que podéis ver muchas más fotos en mi Galería de fotos de New York.
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El día a día
18
Abril
2011
El sábado amaneció muy soleado, y al ser fin de semana supuse que los museos estarían a rebosar, así que decidí irme a un museo un poco atípico, el Intrepid Sea-Air-Space Museum situado en el muelle 86, en el río Hudson. Y no pude ir en mejor día. Era la semana especial de los niños, así que os podéis imaginar, hordas y hordas de criaturitas chillonas y malolientes, correteando y alborotando por todas partes.

¿Y de qué va? Pues es la bomba. Un portaaviones, el USS Intrepid (CV-11), construido durante la Segunda Guerra Mundial para la marina de los Estados Unidos que alberga una muestra de aviones de guerra, un submarino (el USS Growler) y hasta un Concorde!! Puedes campar a tus anchas por las instalaciones, subir y bajar cubiertas, hacer el ganso y como no, disfrutar de unas bellas vistas parciales de Manhattan.
Es más, hasta puedes celebrar tu cumpleaños en cubierta (con merendola y tarta) e incluso hacen fiestas nocturnas y los niños se pueden quedar a dormir dentro, en sus sacos de dormir! Eso es saber vender y aprovechar un producto, y lo demás osn tonterías. No sé por qué la gente no lo visita cuando viene con la de cosas que se pueden hacer. Pero vayamos por partes. Una pequeña introducción en video:
El Concorde creo que no necesita presentación. Poder volar en este avión supersónico era el doble de rápido que en uno normal, también era 4 veces más rápido. El caso es que el que está aparcado en el museo perteneció a British Airways y puedes colarte hasta dentro. Eso sí, lo tienen acristalado para que no te puedas sentar y estropear la tapicería, pero la sensación de claustrofobia es la misma.
El USS Growler (SSG-577) es un submarino botado en 1955 que puedes recorrer, contemplando las diminutas estancias llenas de cables, botones, visores… incluso puedes mirar por el periscopio.
Aunque pueda parecer pequeño, se tarda unos 10-15 minutos en recorrerlo, toda una experiencia.
Hablando del propio Portaaviones Intrepid, una de las cubiertas está totalmente abierta y dentro hay algún que otro avión, zona infantil, de exhibición…
Luego puedes recorrer parte de otras cubiertas, la sala de operaciones y hasta el puente de mando.
Y por último, el hangar principal sobre el que reposan los verdaderos protagonistas: los aviones. La mayoría de ellos sirvieron en la guerra de Vietnam y te puedes encontrar bellezas como un helicóptero SuperCobra, un F-10 Skyknight, un F-4 Phantom, un Lockheed A-12 y hasta un F-16 de la operación Tormenta del Desierto, de la Guerra del Golfo. Se supone que a muy corto plazo quieren llevar una nave Enterprise. Una razón de peso para volver.
No os voy a aburrir contando batallitas de cada uno de ellos (para eso está la Wikipedia) y tampoco os voy a contar las carreras que hice entre pasillos, escaleras, esquivando niños… Os dejo otro video y más fotos:
Mención aparte se merece la tienda del museo. Al margen de réplicas, juguetería, etc. vendían algo que nunca había visto… Comida de Astronauta!!! TUVE (sí, must, must) que comprarla. Como podéis ver en la foto, es un helado de chocolate. El mismo que disfrutan los astronautas. El fabricante y el proceso para conservar la comida están homologados por la NASA. Aún no lo he probado, lo estoy guardando para una ocasión especial, pero Unasote no pudo esperar y dio buena cuenta de su ración-regalo. Dijo que no estaba muy bueno, pero hasta que no lo pruebe yo, no os podré decir.

Después de tanta exhibición mortífera, porque vale que son máquinas hermosas pero no hay que olvidarse de su objetivo: dejar un rastro de sangre y horror a su paso, tenía que contrarrestar las emociones, así que el sitio perfecto era el Museo del Sexo.
Mientras estaba de camino, me crucé con el famoso Actors Studio y algunos edificios curiosos:
Aunque el el nombre Museo del Sexo sonaba muy bien y tenía buena pinta, hasta te regalan condones, el museo en sí mismo es bastante malo y escaso, aunque sales de allí con la temperatura un poco más alta… Una planta con monitores donde se exhiben fragmentos de películas, la mayoría del cine convencional, con influencias del cine para adultos y contados fragmentos de películas X. Otra planta con algunos artilugios raros, unos muñecos y muñecas de latex para tocar; otra planta dedicada a los comics eróticos y por último, en la cuarta, clase de ciencias naturales con el sexo entre animales.
Lo mejor es, sin duda, la planta baja, a la que puedes acceder sin necesidad de entrada, ya que es una tienda un poco al estilo sex-shop, pero con cosas de lo más variopintas. Desde una funda de plástico para guardar un plátano, llevártelo al trabajo y que no se aplaste, hasta aparatos de lo más sofisticados y ultra-modernos para usar en la intimidad. También hay un bar donde sirven copas afrodisiacas, y poco más.

De vuelta al hostal, tras descansar un rato, fui a cenar a la típica cafetería que vemos en las películas. Una hamburguesa de muerte, zumo natural y patatas fritas a toneladas. Me quedé con las ganas de probar la tarta de arándanos o alguna copa de helado, pero no podía comer más, otra vez será:
Os recuerdo que podéis ir viendo todas las fotos (no sólo las que publico en cada post) en mis galerías en Flickr:
Voy actualizando las galerías al mismo ritmo que escribo los post, así que paciencia!
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El día a día
29
Marzo
2011
Ya estoy de vuelta para continuar el día 2.
Para aquellos que no os guste la ópera, os recomiendo que dejéis de leer y vayáis a hacer otra cosa, porque os vais a aburrir.
Mi primera vez en la Ópera. Y con La Bohème de Puccini. Había visto en directo otra anteriormente, pero sólo en versión reducida, sin escenificación ni gran orquesta (casualmente también fue La Bohème), así que no contaba.
El escenario era uno de los templos mundiales de la música: el Metropolitan Opera. No hay día que no haya espectáculo. Al mes pueden escenificar más de 5 óperas diferentes, varios conciertos, etc… Es amor por la música (y mucho dinero de las donaciones millonarias). Si viviera en New York, me dejaría el sueldo en un abono anual del Met, y no me dolería. En relación calidad-precio, las entradas están baratas. Por 100 euros al cambio, tenía una entrada muy decente. Las había más baratas, pero arriba del todo, con lo cual no se vería casi nada y también las había más caras (palcos, orquesta…). Yo estaba en el medio. No se podían sacar fotos, pero al telón ya saqué, ya:

Además, el montaje de esta noche era el clásico de Franco Zeffirelli. No tendría ni que explicar quién es este señor, tenéis la Wikipedia para leerlo, pero a modo resumen os diré que es una especie de DIOS en este mundillo. Director de orquesta, de cine, escenógrafo… Así que me imaginaba que la puesta en escena iba a ser impresionante (pero me quedé corta).
Pero vamos a centarnos en la ópera en cuestión. La Bohème es una de las obras más famosas de Giacomo Puccini y siguiendo los estándares, es un dramón. Sabes desde el principio que los protagonistas van a sufrir y mucho, hasta se mueren. De nada sirve la fugaz felicidad que viven durante los primeros actos. Sabes que al final, en el último acto, en los últimos compases, el compositor va a ser cruel y va a matar a alguien. Quizás ahí radique la hermosura de las óperas. Muestran la vida real, llevando al límite las emociones y casi siempre con final amargo y triste (en contrapunto de las óperas bufas donde siempre reina la alegría).
No os cuento de qué va porque es mejor que la disfrutéis vosotros.
Richard Gere le decía a Julia Roberts en Pretty Woman lo siguiente:
People’s reactions to opera the first time they see it is very dramatic.
They either love it or they hate it.
If they love it, they will always love it.
If they don’t, they may learn to appreciate it,
but it will never become part of their soul.
Traduciendo a mi manera: La reacción de la gente la primera vez que ven una opera es muy dramática. Puede gustarles u odiarla. Si les gusta, siempre les gustará. Si no, podrán aprender a apreciarla, pero nunca será parte de su alma.
A lo que añado que es absolutamente cierto. La música es sonido, que se reduce a ondas elásticas, pura física. Nuestro cuerpo recibe esas ondas y las procesa. Pero de igual modo que un sonido agudo es capaz de romper una copa de cristal, otro sonidos nos atraviesan en el cuerpo y éste reacciona de diferentes maneras. Nos puede relajar o poner más nerviosos, nos hace sentirnos alegres o tristes, nos hace reir o llorar…
En mi caso, desde que se alzó el telón y la orquesta empezó a tocar las primeras notas, no pude dejar de llorar. Tenía el vello de punta y el sonido era el más hermoso y puro que había oído en mi vida. Apenas paraba de llorar unos minutos y con una nueva ária, volvía a llorar. Tonto, sí, pero no pude frenarlo.
Acto 1
El primer acto tiene lugar en la buhardilla de los bohemios, donde vive Rodolfo y su vecina Mimí (los protagonistas) que nos deleitan con Che gelida manina, Sì, mi chiamano Mimì y O soave fanciulla.

Aquí, los protagonistas se conocen y enamoran. Se las prometen muy felices pero es una ópera, sabemos que no durará mucho. Y se ve a la legua quién morirá al final. Pero basta de tanta palabrería, aquí lo importante es escuchar y sentir la ópera:
Roberto Alagna: Che gelida manina (1995 – Paris, Opera Bastille)
Mirella Freni y Luciano Pavarotti: O soave fanciulla (1990 – San Francisco Opera)
Acto 2
Tras unos escasos 5 minutos de pausa, se levanta el telón y todos exclamamos un Guau, Jo*er, WTF, OMG, OMFG y demás expresiones similares… Habían recreado una plaza de verdad, más de 100 personas en el escenario (que luego se duplicarían) con niños, un caballo… había dos plantas en la plaza, una escalera inmensa (y real), un café… En la foto es imposible apreciar todos los detalles pero en el video se ve algo mejor. Aún así, hay que estar allí para vivirlo.

En este acto, todo es alegría, Rodolfo y Mimi comparten con sus amigos una cena y aparece la coqueta Musetta, vieja conocida y ex-amante de Marcello. El ária clave, ese Quando me’n vo’ que es mi pieza favorita de toda la ópera y que podéis escuchar en la voz de Ainhoa Arteta (que no lo hace mal):
Ainhoa Arteta: Quando me’n vo’ (1998 – New York, Metropolitan Opera)
Acto 3
Descanso de 15 minutos para desmontar el tinglado de la plaza y montar el siguiente escenario que no se llevó tantos OMFG como el anterior pero siguió dejándonos con la boca abierta. Nieve. Nevaba en el escenario que ya estaba nevado.

Este acto es el más sentido y pasional pues las cosas ya no marchan tan bien, Mimí está cada vez más enferma y Rodolfo está consumido por los celos. Deciden decirse adios para no hacerse más daño, a la vez que Musetta y Marcello llegan al mismo pacto. El cuarteto Addio dolce svegliare alla mattina! es impresionante:
Josè Carreras, Teresa Stratas, Richard Stilwell, Renata Scotto: Addio dolce svegliare alla mattina! (1982 – New York, Metropolitan Opera)
Acto 4
Otros 15 minutos más para volver al escenario de la buhardilla. Y ya la música nos empieza a poner en situación de lo que va a ocurrir. Es el último acto, las cosas pintan muy mal para Mimí, que llega a casa de Rodolfo, agonizando. Con el último hilo de voz que le queda, canta por última vez junto a su amado Rodolfo.
Angela Gheorghiu y Roberto Alagna: Sono andati? Fingevo di dormire (2005 – Orange)
Y muere.
La ópera termina y yo sigo llorando. Salgo del edificio y me dirijo al metro, con los cleenex agotados. Pero quedaba aún un bonus extra. En el andén de enfrente, un saxofonista empieza a tocar. La melodía se me hace familiar. Una pareja se abraza y baila en el andén. Es el vals de Musetta (Quando me’n vo’). El resto de la gente sonríe, rememora lo vivido hace unos minutos dentro de la ópera. Algunas personas balancean la cabeza. Felices. Es como si estuviéramos soñando un poco. Si hasta casi puedo escuchar la voz de Musetta…
Haced la prueba: sólo os llevará 3 minutos. Cerrad los ojos y dejaos llevar por la música y la preciosa voz de Anna Netrebko (pero cerrad los ojos de verdad, que si no, no vale)
Entonces llegó el metro con su ruido atronador y nos despertó a todos. Había que volver al hostal, a procesar lo vivido. Y vosotros, a seguir trabajando, que el descanso ha terminado.
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El día a día
28
Marzo
2011
Amanecía lloviendo en el Upper West Side, nubarrones muy negros, viento… pero no parecía hacer tanto frío como el día anterior. Sólo podía pensar en la ópera que vería por la noche así que decidí tomarme el día con un poco de calma e ir al MOMA y al Guggenheim, a pesar de que el arte moderno y yo no nos llevamos nada bien. Tenía la esperanza de encontrar algo que me gustase un poquito y por suerte así fue.

MOMA: Museo de Arte Moderno
Pero vayamos poco a poco. Primero había que ir al MOMA. Me hubiera gustado sacar alguna foto del edificio pero con un paraguas en la mano, es complicado sostener una reflex con la otra, os tendréis que conformar con imágenes interiores.


Precisamente por la lluvia, el jardín de esculturas de la primera planta estaba cerrado, una pena porque era lo más bonito del museo.


La segunda planta la recorrí a la velocidad del rayo: arte contemporáneo que no me decía nada, grabados y libros ilustrados que no me interesaban demasiado… Sin embargo fue curioso ver una impresora totalmente diseccionada, con todas sus piezas expuestas (seguro que conocéis el oscuro deseo de todo informático de destrozar una impresora de mil maneras posibles…)


En la tercera planta, la parte de Arquitectura ya tenía su aquél: maquetas de edificios imposibles ya construídos o en proyecto, como el Palace of Assembly en Chandigarh, India, obra del gran Le Corbusier. Palabras mayores, vaya. Además, había una exposición temporar dedicado a Picasso titulada Guitarras, en la que se podían ver principalmente bocetos y estudios del pintor sobre dicho instrumento. Interesante. (En esta expo no se podía sacar fotos).

Ya en la cuarta planta, empezaba la artillería pesada del museo y se notaba, las salas estaban abarrotadas: obras de Pollock, Lichtenstein, Andy Warhol… era casi imposible detenerse a sacar una foto, no había espacio libre, la gente se ponía delante, hasta te empujaban (malditos turistas!!!) Al menos se podía contemplar el jardín de esculturas desde las alturas.

Para ver la traca final había que subir un piso más. Quinta planta llena de vida de la mano de Cézanne, Monet, Matisse, Van Gogh, Miró, Picasso, Dalí, Khalo, Modigliani… esto ya me gustaba mucho más. También hay un buen surtido de Kandinsky, pero yo no le trago.
Me quedé hipotizada con La Jungla, de Wifredo Lam; La gitana durmiente y El Sueño de Henri Rousseau; La Risa de Umberto Boccioni; pero cuando vi La noche estrellada de Van Gogh… bufff, el cuadro parecía que estaba vivo. Las nubes, las estrellas, se podía percibir cómo se movían (no, no había bebido). Conocía el cuadro y nunca me había llamado la atención demasiado pero tenerlo a un palmo de distancia era diferente.
No sé cuánto tiempo me quedé enfrente del cuadro, pero fue un buen rato, no quería irme de allí. Un pequeño empujón por parte de un grupo organizado y volví a la realidad. Eché un vistazo a la tienda, donde compré unos cuantos regalos frikis que por suerte han gustado y rumbo a la segunda parada del día, el R. Solomon Guggenheim.
Guggenheim New York
El Museo de Guggenheim de New York no tiene nada que ver con el de Bilbao. Por fuera se veía pequeño, diminuto en comparación con el nuestro, pero de igual manera, bonito. El blanco #FFF de la fachada, reluciente.

Y sí, por dentro era realmente pequeño, pero muy fácil de recorrer: consiste en una espiral inclinada de tal forma que vas caminando por ella y cuando menos te lo esperas, estás en la última planta, la espiral se acaba y tienes que volver a recorrer todo el camino de vuelta, esta vez cuesta abajo. Las obras están a un lado del camino porque al otro, tienes unas maravillosas vistas del atrio. También hay una pequeña ala anexa a cada planta, donde se ubican las exposiciones temporales.

Al igual que ocurre en Bilbao, no se pueden sacar fotos dentro del museo, sólo hacen una excepción: el atrio. No entiendo como es posible que grandes musesos (el MOMA sin ir más lejos) permitan sacar fotos sin problemas (obviamente sin flash, como tiene que ser) y el Guggenheim no. Me voy a ahorrar los calificativos.

Pero vamos a lo importante, las obras. Mucho nombre famoso y obras también muy famosas. Ya que no podía sacar fotos, me limitaba a apuntar en el móvil las obras que me gustaban: varias obras de Robert Delaunnay; Los Jugadores de Fútbol de Henri Rousseau y la que volvió a dejarme atontada: Solidity of Fog de Luigi Russolo (os pongo fotos de Google de los cuadros en cuestión).
No había mucho más que ver, empezaba a sentir hambre (normal, serían las 4 de la tarde) y el puesto de refrescos que había a la salida del museo no me llamaba la atención. Sí su cartel. Churros?? OMG!! así que volví al hostal, me preparé un sandwich de pavo, un poco de descanso y a prepararme para la Ópera.

Como veo que el post está saliendo kilométrico, voy a dejar la parte de la ópera para una segunda parte mejor. Hasta ahora!
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El día a día
15
Marzo
2011
Primer despertar en New York. Miré por la ventana y entre edificios podía ver el cielo, gris clarito, tirando a #CCC. No llovía pero hacía frío. Menos mal que salí abrigada porque realmente hacía frío, no pasábamos de los 0º.

Lo primero fue atacar la recepción del hostal, con planos, folletos y demás información necesaria. Tenía una parada de metro a manzana y media así que andando. Compré un pase con viajes ilimitados durante 7 días por 29$, que sale mucho más rentable que ir recargando una tarjeta con saldo (cada viaje individual sale por 2,25$ aprox. así que hechad cuentas…). Todavía sigo sin entender por qué la gente dice que el metro de New York es complicado. Basta pillarle la lógica para no confundirte nunca, que es muy sencillito.

Tienes varias líneas de colorines. Y luego, por cada línea, tienes unas 3 variantes (con letras o números). Esto es así porque hay variantes que no paran en todas las estaciones, líneas express que llaman, porque ahorras tiempo a diferencia de las líneas locales que paran en todas, haciéndose una eternidad el recorrido. Basta mirar qué variante pone en tu parada y ver si a la que vas tiene la misma. Si coincide, bien. Si no, tendrás que cambiarte de metro, dentro de la misma línea, en una parada que comparta variante. Y ya después, para saber en qué sentido tienes que ir, básicamente tienes Downtown/Brooklyn y el Uptown/Bronx (hay alguna otra dirección Queens y tal, pero dentro de Manhattan casi siempre es down o up).

Una vez procesada la información, me fui dirección al downtown, directa a Times Square. Y guau!!! (el primero de muchos). Apabullante, pantallas, grandes carteles luminosos, fachadas llenas de anuncios de musicales, una especie de comisaría y hasta una oficina para enrolarte en el ejército! Era momento de estrenar la reflex, oh wait…., ¿cómo diablos funciona? Sí, ahí estaba yo con una cámara medio-decente y ni idea de utilizarla (digamos que los libros de instrucciones y yo no somos compatibles). Bueno, que no cunda el pánico. Recordaba casi todo lo que Calabacín el Aventurero me había enseñado en el curso de fotografía de hace un par de meses, pero claro, de la teoría a la práctica…

Un par de ajustes por aquí, otros por allá y como soy de Bilbao, con un par de… a tirar fotos en modo manual (bueno, el enfoque era automático, pero es que ni sabía cómo cambiarlo). Y el resultado no fue malo. Con una compacta hubieran salido unas fotos cutres. Eso sí, eché de menos tener un gran angular porque era imposible que la cámara captase todo lo que veían mis ojos. Había demasiadas cosas, muy altas. Incluso era difícil percibirlas completamente con la vista…

Como me estaba empezando a morir de frío, me dirigí a comprar la tarjeta New York Pass. Por 200$ (no llega a 150€) podía entrar gratis y durante 7 días a más de 40 atracciones (museos, edificios, parques…). Había hecho cuentas y me salía más rentable de esta manera (efectivamente fue así). Además, en algunos sitios tenías el privilegio de entrar directamente sin esperar cola y eso era un factor muy importante. Había otra tarjeta similar, la City Pass, pero ésta sólo ofrece 6 atracciones por 79$. En mi caso, no me salía rentable, pero depende de lo que queráis ver.

Di unas cuantas vueltas a las manzanas adyacentes a Times Square, donde están la mayor parte de los teatros y como necesitaba planearme el día, me metí en un Starbucks a tomar un café, mirar los planos y de paso, conectarme a Internet (qué esperáis, soy como Enjuto Mojamuto). Había unos muffins y galletas de aspecto brutal en el mostrador y curiosamente, al lado del precio, aparecían las calorías de cada cosa. 400 calorías por cada pieza ¿pero de qué las hacen, de grasa pura? Ya hablaré en posteriores artículos sobre la comida porque fue difícil (aunque no imposible) no caer en la tentación a diario.

Me llevé una buena sorpresa cuando de repente mi móvil empezó a sonar y era Unasote por Tango (como Skype, para móviles). Fue curioso poderle enseñar el trocito de New York que se veía desde la ventana del Starbucks.

Decidí no meterme en ningún museo y patearme un buen trozo de Manhattan para hacerme a la isla. Necesitaba sentirme como en casa y para eso, tenía que ver, tocar y oler las calles (sobre todo oler, con tanto puesto de comida…). Así que empecé a caminar sin rumbo fijo, fotografiando cualquier cosa que llamase mi atención (que era todo) hasta que divisé a lo lejos el edificio Chrysler. Así que cambié el rumbo y me dirigí a él. Era imposible ir en línea recta porque en cada calle, me desviaba hacia un lado u otro para ver más edificios, plazas…

Menos mal que no había moscas con tanto frío, si no, estoy segura de que me hubiese tragado unas cuantas porque era imposible cerrar la boca de lo sorprendida que estaba. Edificios a cada cual más altos y con una arquitectura preciosa, Rascacielos auténticos, calles famosas, hoteles aún más famosos, típicos autobuses escolares, chimeneas de humo en medio de la calle…


Pasé por el Rockefeller Center (al que subiría un día soleado) y su pista de hielo (nota friki: la tienda de Lego está al lado), la catedral de San Patricio, la iglesia de San Bartolomé, cruzando la 5ª Avenida… Sí, como en las películas, pero por mucho que lo veas por la tele, estar allí, vivirlo en primera persona, es una sensación totalmente diferente.


Probablemente tardé unas 2 horas en llegar al Chrysler (si miráis un plano no está tan alejado de Times Square) pero mereció la pena. Lástima que no se pueda subir a él. Y ahora, podía ver el Empire State (bueno, lo había visto entre calles, pero quería seguir un orden) así que a seguir caminando, pasando por el Edificio de Met Life y la estación Gran Central.


No sé por qué no entré en ese momento, siempre lo dejaba para otro día y al final no llegué a entrar. También me acerqué por la gran Biblioteca Pública y tras otro trecho, por fin llegué al Empire State. Y la primera impresión fue Pues no parece tan alto pero es precioso. Eso fue hasta que subí a él (no fue ese día, tendréis que esperar ese capítulo).

Empecé a sentir hambre así que como no quería perder tiempo, me comí unos nuggets en el McDonalds de enfrente del Empire (20 nuggets por 4,95$. Por ese precio serían de rata de alcantarilla, pero estaban comibles) y después, como me parecía cutre lo que le había enseñado a Unasote antes, le llamé para enseñarle en directo el Empire State.
Seguí caminando y me crucé con un par de parques. El primero de ellos, El Madison Square Park, repleto de ardillas y con algo de nieve sin derretir. En una de las esquinas estaba el famoso edificio Flatiron, pero a cuenta de las ardillas y el momento Ice Age (esta vez sí que la ardilla consiguió la bellota) ni me di cuenta, tuve que volver otro día para admirarlo. Después, tras un pequeño desvío para fotografiar la fachada de la casa de nacimiento de Theodore Roosevelt, llegué a Union Square.

Así, por la tontería, me había pateado desde la 42 hasta la 14 (allí la mayoría de las calles no llevan nombre, sino que tienen números consecutivos, fácil para encontrarlos). 28 manzanas en vertical y 5 en horizontal, cruzándolas varias veces. Mis pies estaban quejándose desde hace rato, así que decidí volver al hostal, había sido suficiente por hoy.

Hice una parada en una tienda de comida orgánica (están bastante obsesionados con el tema): un poco de pavo (estaba muy seco), pan de molde (aún más seco), zumo de arándanos (delicioso) y un delicioso muffin de chocolate que estaba de muerte. El mejor que he probado en toda mi vida.

Cuando iba a entrar al metro, encontré una tienda de zapatos con unos descuentos increíbles, así que entré y me compré unos zapatos con un poco de tacón, perfectos para ir a la ópera. Ésta fue mi única compra. No volví a entrar a una tienda de ropa/complementos más. Ni ganas tendría, con la de cosas que tenía para ver, como para perder el tiempo en estas tonterías.

Ya de vuelta en el hostal, revisé las fotos, que no estaban ni tan mal (claro que no os esperéis nada artístico, no tengo ojo para eso), me puse un bocata de pavo y a dormir pronto que todavía estaba con horario europeo.

Nota: empezaré a subir fotos mañana, así que, paciencia.
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